01 Feb Tesoros escondidos

Mi amor por la fotografía surgió de una crisis existencial.

En realidad yo creo que todos llevamos un artista dentro y que de alguna manera necesitamos sacarlo. En una época complicada de mi vida una amiga y gran fotógrafa me sugirió que me comprara una cámara “nunca te volverás a sentir sola”- me dijo. Y fue verdad.

Cuando miro a través del visor es como si yo misma desapareciera, quizá suene extraño… Es una sensación un poco complicada de explicar… te mueves un poco hacia aquí y hacia allá y las cosas van cambiando, la luz adquiere tonos diferentes, y yo en mi interior empiezo a sentir como una especie de subidón emocional ante tanta belleza. Ha habido veces que he tenido que parar de tanta emoción. Recuerdo mis primeros cursos; algunos profesores se reían de mis exclamaciones de sorpresa. Ahora por supuesto me contengo, ya no lo expreso como si fuera una adolescente, pero no significa que haya dejado de sentir todo aquello.

Por eso, cuando estoy retratando a alguien, no me puedo contener y le digo: ¡Que preciosa, fantástica! como si hubiera destapado la caja de Pandora… pero es que yo la veo así; absolutamente hermosa. Todavía no he conocido a nadie feo, considero que todos absolutamente, tenemos algo especial, y solo hay que saber encontrarlo… esto lo aprendí de pequeña, jugando a los tesoros escondidos.

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Ruth y yo adorábamos nuestros tesoros, eran uno de los momentos más emocionantes del día.

Un tesoro es aquello que tiene un inmenso valor para alguien. Para nosotras tenían valor las cosas bellas. Quizá mucha gente se imagine entonces algo lujoso, incluso caro, pero nosotras teníamos 6 años y nuestro concepto de la belleza era bastante diferente.

Los papeles de colores eran hermosos, porque brillaban al sol y cambiaban de tono, e incluso de forma según donde los colocaras… descubrimos que la luz hacía magia sobre los objetos… y también sobre las personas. Así que los enterrábamos poniéndoles un vidrio por encima para protegerlos y de esta forma, podíamos ir a verlos cuando quisiéramos y desenterrarlos para disfrutar de su maravillosa visión…como si de un escaparate se tratase, para volver a taparlos de nuevo al terminar.

Los teníamos de todo tipo: atrevidos, suaves, de fiesta, relajantes…

Eran nuestros tesoros, escondidos en lugares que solo nosotras conocíamos y que recorríamos a diario. Maravillas de las maravillas que quedaron ocultas para siempre… esta es la primera vez que salen a la luz.

Los tesoros fueron para mí un entrenamiento en el arte de la contemplación, en el gusto por lo que yo consideraba hermoso. Los mantenía ocultos, porque aún siendo niña, ya intuía que lo bello es delicado y hay que cuidarlo.

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